“100 Preguntas, 101 Respuestas, sobre Ansiedad Estrés Pánico y Fobias”

100 Preguntas, 101 Respuestas, sobre Ansiedad, Estrés, Pánico y FobiasUn libro de Enzo Cascardo & Pablo Resnik

 

Capitulo 1

Entrando en tema

¿Podré alguna vez vivir sin tanta ansiedad…?
¿Toda mi vida la voy a pasar así, contracturado, inquieto y durmiendo poco y mal…?
¿Voy a saber alguna vez lo que es sentirse tranquilo y que mi cabeza no esté saltando de un pensamiento a otro todo el tiempo…?
Todos aquellos que sufren o sufrieron de ansiedad se han hecho, una y otra vez, este tipo de preguntas.
Tensión, angustia, impaciencia, apuro, culpa, vergüenza, temores de toda clase, preocupación exagerada, obsesiones, miedo de enfermar o de morir, cansancio físico y mental, son sólo algunos de los síntomas que nos acompañan de modo permanente, si pertenecemos al amplio círculo de personas ansiosas.

Casi todos conocemos los efectos que la tensión y la inquietud constantes pueden tener sobre nosotros. Sin embargo, cuando esa inquietud obedece a una causa suficiente, podemos entenderla y esperar o ayudar a que se vaya.
Pero ¿qué podemos hacer cuando la ansiedad ya forma parte de cada día? ¿Cómo hacer para estar más tranquilos?
Para empezar, deberíamos estar dispuestos, de verdad,  a identificar algunas cuestiones que pueden estar favoreciendo este proceso, cambiar algunos aspectos de nuestras vidas y de la manera en que tomamos nuestras decisiones y responsabilidades.
Resolvamos hoy mismo, por ejemplo, que algún día de esta próxima semana sea diferente. Elijamos una tarde o una noche) para disfrutar y olvidarnos de los problemas y responsabilidades, sean cuales fueren. 
Me digo a mí mismo: la noche del jueves me voy a olvidar de los problemas como si no existieran, voy a salir a tomar una copa con tal o cual (elegir alguien distendido y no un ansioso como nosotros. O, en su defecto, un ansioso dispuesto a pasarla bien y reírse de sí mismo –y de mí, y de vos, por una noche) con la promesa de dejar los problemas dentro de un paquete que no voy a abrir hasta la mañana siguiente.
¡A no tener miedo! Ninguna calamidad tiene por qué ocurrir por unas pocas horas que te olvides de las responsabilidades habituales. A la mañana siguiente ya vas a poder zambullirte de nuevo en tus ansiedades y temores…, al menos hasta que hayas aprendido a vivir mejor.

Claro que las cosas no son tan simples. La ansiedad suele, a lo largo del tiempo en que convive con nosotros, tomar distintas formas. Se organiza, podríamos decir, en modos estables de funcionamiento.
Así, en algunos casos toma la forma de crisis de pánico, en otros de miedo a las enfermedades o accidentes, en otros de temor a la interacción social, a los lugares cerrados, a diferentes situaciones o animales, etc.

Comenzar a cambiar esta realidad, o cada una de estas realidades, será posible en tanto tengamos en cuenta las siguientes etapas, que llamaremos:

Esquema D-D-H:

  1. Darnos cuenta de que algo nos pasa e informarnos al respecto.
  2. Decisión de modificarlo.
  3. Herramientas: buscar y encontrar los instrumentos correctos que nos permitan comenzar a recorrer el camino.

Esquema D-D-H

  • Darnos cuenta
  • Decisión de cambio
  • Herramientas adecuadas

 

¿Por dónde empezar?

Vos, como tantos otros, te preguntarás: ¿Cómo iniciar el camino que me lleve a vivir mejor, sin tanta ansiedad? ¿Por dónde debo empezar?
Cuando comenzamos a trabajar en este campo, unos 15 años atrás, un hecho nos llamó poderosamente la atención: muchos pacientes que venían a su primera consulta, francamente asustados por sorpresivas sensaciones de desmayo, taquicardia, temblor, extrañeza, mareos o falta de aire, se sentían muy aliviados con sólo escuchar de nosotros una explicación, un por qué acerca de los síntomas que venían sufriendo.
¡Ya se sentían mejor, incluso de sus síntomas físicos, antes de recibir ningún medicamento y, en muchos casos, antes de haber concurrido a la segunda entrevista!
Como vemos, la información precisa acerca de lo que nos está pasando será el elemento que pondrá en marcha el proceso.
En aquellos años, quienes sufrían de ansiedad llegaban a nuestros consultorios desprovistos casi por completo de información acerca de lo que les pasaba, por lo que unas pocas intervenciones de nuestra parte ya les resultaban suficientes para intuir que estábamos en el camino correcto. Y como la ansiedad y las fobias se alimentan en buena medida del miedo y la incertidumbre, el estímulo y las respuestas que este nuevo proceso terapéutico les ofrecía ya era beneficioso en sí mismo.
Hoy, merced a la gran difusión que ha tenido el tema, los pacientes nos llegan con un diagnóstico realizado por ellos mismos o por otros profesionales de la salud. Diagnósticos que en muchos casos son correctos y en otros tantos no, y con frecuencia no se acompañan de la información adecuada acerca de los diferentes síntomas presentes. De este modo, el conocimiento del nombre de la enfermedad (pánico, ansiedad generalizada, fobia, etc) acrecienta el malestar y el temor en lugar de aliviarlos.
De estos hechos se desprende el principal objetivo del libro que tenés ahora en tus manos: transmitir información precisa, a la mayor cantidad posible de personas -ya se trate de quienes sufren de ansiedad o de profesionales del campo de la salud-, acerca de las herramientas verdaderamente útiles para la resolución de estos cuadros. Contamos, para ello, con el respaldo de una amplia experiencia obtenida mediante el tratamiento, a lo largo de todos estos años, de varios cientos de pacientes, la gran mayoría de los cuales puede hoy llevar adelante una vida normal, sin las limitaciones que imponen el temor o una ansiedad desmedida.

 

Ansiedad: ¿Una reacción normal o una enfermedad?

Ansiedad, miedo y estrés: ¿son la misma cosa?

No. Si bien son términos que a menudo se utilizan para designar el mismo tipo de reacción, y, por otra parte, una reacción puede estar englobada dentro de la otra en algunas circunstancias, significan cosas diferentes. Llamamos estrés al la reacción por la cuál el organismo se coloca en estado de máxima alerta, generando una serie de modificaciones psicofísicas (tensión muscular, taquicardia, atención aumentada, aceleración del ritmo respiratorio, etc.) para afrontar diferentes situaciones de demanda. La reacción suele ser la misma ante diferentes tipos de estresores (estresores = situaciones capaces de generar estrés). Es un tipo de reacción, más o menos primitiva, que compartimos con el resto de los integrantes del reino animal puesto que generalmente no participan áreas superiores de la corteza cerebral (que se encuentran sólo en el cerebro humano).
Por ejemplo, si una persona está trabajando muchas horas, intensamente, sometido a una gran presión, es de esperar, que con el correr de los días, comience con una serie de síntomas, aceleración de los latidos del corazón, contracturas musculares, nerviosismo, irritabilidad, dificultades para concentrarse, trastornos del sueño, etc. Todas esas manifestaciones ocurren como consecuencias del estrés y, entonces, el sujeto debería tomarse un descanso (vacaciones), para que, cesando ese estímulo que generó el estrés (la sobrecarga laboral), el funcionamiento del organismo vuelva a la normalidad.
En cambio el miedo implica, aparte de las manifestaciones corporales, un conjunto de comportamientos y emociones que se observan y experimentan cuando un organismo se enfrenta a situaciones de riesgo o amenaza. Es decir, se desarrollan conductas que intentan evitar la situación atemorizante o, si no hay escapatoria, enfrentarla.
Por ejemplo, vamos caminando en la noche por una vereda oscura, de repente, un individuo que camina por la acera de enfrente, cuando se aproxima, cruza hacia nosotros, en una actitud sospechosa, comenzamos a sentir una serie de síntomas, muy similares a los del estrés, que, en ese contexto se los adjudicamos al miedo, y que nos hacen dar cuenta que podríamos estar en peligro.
La ansiedad es un tipo de reacción bastante más evolucionada, que solo pueden experimentar los humanos, puesto que implica pensamientos, comportamientos, reacciones fisiológicas y experiencias emocionales que presenta el hombre ante situaciones de conflicto (necesidad de tomar decisiones o desarrollar acciones en las que hay más de una alternativa potencialmente correcta).
Un ejemplo banal de esto podría ser el siguiente. Una persona que está haciendo una dieta para bajar de peso. Está en una reunión y le ofrecen una porción de torta hipercalórica, “¿que hago?..¿la como?...¿o no la como? Si como la torta está bien porque me gusta, si no la como, también está bien porque engorda…”, entonces, ante la posibilidad de dos respuestas, cada una de ellas potencialmente correctas, surge la ansiedad, que va a  determinar una conducta u otra (comer, o no comer) de acuerdo a la personalidad, la historia, los estilos de conducta de cada individuo.

Entonces, ¿cómo se podría definir mejor la ansiedad?

Es muy difícil dar una definición de ansiedad que cubra sus diferentes aspectos, pero todos conocemos muy bien la sensación a la que llamamos de ese modo. No existe una persona que no la haya experimentado, por ejemplo, al entrar al una sala para una entrevista laboral, o para dar un examen, o ante una señal de peligro en una calle solitaria por la noche. Sin embargo, lo que es menos conocido es que sensaciones tales como mareos, visión borrosa, entumecimiento y hormigueo, sensación de falta de aire que puede derivar en sensación de ahogo o asfixia, pueden ser también parte de la ansiedad.

¿Es normal sentir ansiedad?

Si, llamamos ansiedad normal a un conjunto de emociones y manifestaciones físicas que se presentan cuando nos enfrentamos (o nos estamos por enfrentar) a situaciones nuevas, o de exigencia. La “ansiedad normal” nos ayuda a adaptarnos a estas situaciones de manera tal que podamos obtener la respuesta más adecuada para las mismas. En este sentido, es beneficiosa, ya que nos permite alcanzar mejor los objetivos que nos planteamos en la vida. Por ejemplo, frente a una situación de tener que terminar un trabajo muy importante en un plazo determinado, la ansiedad normal nos va a permitir estar más alertas, dormir menos horas y enfocar toda nuestra atención y nuestras energías en nuestra tarea.
Sin embargo, cuando los síntomas ansiosos se vuelven excesivos y difíciles de controlar, pueden llegar al punto de interferir seriamente en nuestras actividades diarias (trabajo, vida social, de pareja, etc.). En este caso estaremos en presencia de un cuadro de “ansiedad patológica”, que puede requerir tratamiento médico y/o psicológico para su resolución.

¿Para qué sirve tener miedo y ansiedad?
¿Qué es la respuesta de lucha/huída? 

Como hemos dicho, el miedo y la ansiedad se producen en respuesta al peligro o a una amenaza.
Desde el punto de vista científico, el miedo (o ansiedad inmediata o de corto plazo) es denominado respuesta de lucha-huida. Se la denomina de ese modo porque todos sus efectos están dirigidos a preservar la vida frente a una amenaza, ya sea mediante la lucha física o el escape. Tanto en un caso como en otro, el organismo debe preparase con celeridad para un mayor rendimiento físico que le permita afrontar con éxito la situación de amenaza. Por lo tanto, el primer propósito de la ansiedad es proteger al organismo.
Para comprender mejor este mecanismo, será útil que recordemos el modo en que las diversas especies logran sobrevivir y abrirse paso a través de las edades. Cuando nuestros ancestros prehistóricos vivían en cavernas, resultaba vital que, al enfrentarse con algún peligro, tuviera lugar una respuesta automática que les facilitara una rápida entrada en acción (atacar o correr).
Desde los trabajos de Charles Darwin entendemos la adaptación como la supervivencia del más apto. Es decir, de las diferentes especies sobreviven aquellas que logran desarrollar defensas, modos de alimentación, etc, que las ayuden a perdurar en el medio ambiente. Para ello, a través de períodos muy largos, las diferentes formas de vida van  incorporando modificaciones de estructura o función. Si tales cambios resultan exitosos, sobrevivirán. Así como otros animales desarrollaron poderosos colmillos, garras y un instinto agresivo, o alas y capacidad de vuelo para asentar su hogar en las alturas, el hombre, a través de su evolución, desarrolló, entre otras cosas, la reacción de miedo.
Si bien  estos recursos de defensa física (atacar, correr,  huir) se comprenden mejor si los situamos en el contexto de la vida salvaje, en el mundo “civilizado” y convulsionado de hoy este mecanismo continúa resultando de utilidad. Sólo imaginemos la situación de estar cruzando la calle, cuando de repente un auto acelera en nuestra dirección tocando bocina. Si no experimentásemos miedo en absoluto, podríamos resultar muertos. ¿Por qué? Porque la falta de alarma y de activación inmediata nos dejaría indefensos y a merced del peligro. Por suerte, lo más probable es que la respuesta de lucha-huida se produzca y podamos entonces salir del camino con rapidez para poder salvarnos.
La respuesta de lucha-huida genera cambios inmediatos en nuestro organismo, que nos permiten una mejor y más rápida respuesta física ante el peligro. De manera tal que el propósito del miedo (o respuesta de lucha/huída) no es dañarnos sino protegernos. Sería completamente absurdo que la naturaleza desarrollara un mecanismo para proteger al organismo y que, al hacerlo, lo dañara. 

¿Cómo actúa la respuesta de lucha-huída?
¿Qué es el sistema nervioso autónomo?

Cuando alguna señal de peligro es percibida o anticipada, el cerebro envía mensajes a una parte de sus nervios llamado el Sistema Nervioso Autónomo (SNA). El SNA, como su nombre lo indica, funciona de manera autónoma, sin la intervención de nuestra voluntad. Tiene 2 ramas llamadas Sistema Nervioso Simpático y Sistema Nervioso Parasimpático, que son las encargadas del control de los niveles de energía del cuerpo y de la preparación para la acción.
Para decirlo de manera sencilla, el Simpático activa la respuesta de lucha-huida que libera energía y predispone a la acción, mientras el Parasimpático es el sistema restaurador que devuelve el cuerpo a su estado normal.
Un punto importante es que el Simpático tiende a ser un sistema de todo o nada. Esto es, que cuando está activado, todas sus partes responden. En otras palabras, se experimentan todos los síntomas o ninguno. Es raro que ocurran cambios en una sola parte del cuerpo. Esto podría explicar porqué la mayoría de los ataques de pánico involucran muchos síntomas y no sólo uno o dos.
Uno de los mayores efectos del Simpático es que libera dos sustancias químicas, llamadas adrenalina y noradrenalina. Cuando la actividad de estas sustancias comienza, en general continúa y aumenta por un lapso de tiempo. Sin embargo, es muy importante destacar que la actividad del Simpático tiene un límite. Cuando el cuerpo “ya tiene suficiente” de la reacción de lucha-huida, se activa el Parasimpático para llevar al cuerpo a un estado de relajación.
En otras palabras, la ansiedad no puede continuar eternamente, o hacer una espiral de continuo aumento hasta niveles que causen daño. El Parasimpático es un sistema protector interno que impide que el Simpático pueda seguir su curso sin control.

¿Por qué después del ataque de pánico me quedo ansioso durante tanto rato?

Lo que sucede es que toma un tiempo que los mensajeros químicos adrenalina y noradrenalina sean destruidos. Por lo tanto, aún cuando el peligro haya pasado y tu sistema Simpático haya detenido su respuesta, es probable que te sientas ansioso o aprehensivo por un tiempo, ya que las sustancias químicas permanecen aún circulando por tu organismo. Tenés que recordarte a vos mismo que esto es perfectamente natural e inofensivo. De hecho, la ansiedad remanente es también parte de la función adaptativa que tiene el hombre desde tiempos prehistóricos. En esas épocas salvajes (¡y también en éstas!), el peligro con frecuencia retornaba, y era útil que el organismo estuviera todavía preparado para reactivar su respuesta de lucha-huida más rápidamente.

¿Por qué se acelera tanto y late tan fuerte el corazón?

La actividad del Simpático produce un aumento de la frecuencia cardíaca y de la fuerza de los latidos. Estos cambios son vitales en la preparación para la actividad ya que aceleran el flujo sanguíneo, aumentando así la llegada de oxígeno y energía a los tejidos, en particular a los grandes grupos musculares.
Para eso se acelera y fortalece su latido el corazón, para aumentar el aporte a los músculos de sustancias fundamentales para la acción y defensa.
La sangre es desviada de los lugares donde en ese momento de urgencia no es tan necesaria (gracias a un estrechamiento de los vasos sanguíneos), hacia las áreas donde más se la necesita (gracias a un ensanchamiento de los vasos sanguíneos).
Por ejemplo, la sangre disminuye su caudal en la piel y en los dedos. Esto es útil porque si el organismo es atacado y se produce un corte, es menos probable que se desangre hasta morir. Es por eso que durante la ansiedad la piel se ve pálida y se siente fría, los dedos se ponen fríos, y a veces se experimentan entumecimientos y hormigueos.
Por otra parte la sangre se desvía hacia los músculos grandes, como los bíceps y los muslos, donde más se la necesita para ayudar al cuerpo a prepararse para la acción.

¿Y por qué se producen mareos?

Como señalamos, la sangre disminuye su presencia en la piel para ser desviada hacia la masa muscular. Pues bien, los músculos, en la emergencia, requieren de toda la energía que puedan obtener. Y esa energía (oxígeno, glucosa, etc.) es transportada por la sangre. Es por eso que también el flujo sanguíneo del cerebro se ve reducido al desviarse hacia donde más se lo necesita. Esta reducción de caudal, que en la piel se traduce en frialdad y palidez, en el cerebro se manifiesta como mareos, inestabilidad, sensación de irrealidad y visión borrosa.
Estos cambios circulatorios, a pesar de la sintomatología que producen (los mareos asustan y molestan mucho), no son peligrosos en absoluto.
Nuevamente, a pesar del riesgo de ser reiterativos, diremos que si un mecanismo de defensa resultara peligroso en sí mismo (por ejemplo, si nos desmayáramos, quedando a merced de un agresor), entonces no sería útil y, por lo tanto, no se hubiera desarrollado.

¿Las sensaciones de inestabilidad y de ahogo, significan que puedo desmayarme o quedarme sin aire?

No, como ya dijimos, si ocurriera tal cosa el mecanismo de defensa (la reacción de miedo) sería peligroso en lugar de útil y necesario. Y si aquello que debe preservarnos, el mecanismo de defensa, fuera peligroso para nuestra vida, entonces ese mecanismo no existiría como tal (no hubiera perdurado a través de la evolución, por no ser adaptativo/exitoso), o no existiríamos ya nosotros como especie. Estas son las razones por las cuales no se producen desmayos ni ahogos durante una verdadera crisis de pánico.
La respuesta de lucha-huida (o la crisis de pánico) se asocia a un aumento en la velocidad y profundidad de la respiración, lo cual  es de gran importancia ya que los tejidos “activados” van a utilizar más oxígeno que el habitual. Sin embargo, ese necesario (y no peligroso, todo lo contrario) aumento de la respiración, suele generar sensación de falta de aire, ahogo o asfixia, y aún dolor o sensación de opresión en el pecho.
A pesar del temor que puedan provocarnos tales sensaciones, no debemos olvidar (y es útil que nos lo repitamos una y otra vez a nosotros mismos, sobre todo en medio de las crisis) que esos cambios del ritmo respiratorio tienen el objeto de protegernos, de optimizar la respuesta de nuestro cuerpo frente al peligro.

¿Por qué la ansiedad me hace transpirar?

La activación de la respuesta de lucha-huida produce un aumento de la transpiración. De ese modo, la piel se vuelve más resbaladiza y difícil de agarrar por un atacante. Además, es una manera de eliminar calor y evitar el excesivo sobrecalentamiento que podría  producirse con la acción.
Como vemos, más allá de las molestias que causa, el aumento de sudoración también está al servicio de nuestra reacción de defensa.

¿Qué otros cambios se producen en el cuerpo?

La activación del Simpático produce una cantidad de otros efectos, ninguno de los cuales es peligroso.
Por ejemplo, las pupilas se dilatan para permitir que entre más luz, lo cual puede provocar visión borrosa o manchas o sombras frente a los ojos.
La salivación disminuye. El sistema digestivo reduce su actividad, lo que, con frecuencia, puede provocar nauseas, pesadez en el estómago, y aún constipación.
Finalmente, muchos de los grupos musculares se activan en su preparación para la lucha-huida, y esto resulta en sensaciones subjetivas de tensión, que puede incluso generar, en ocasiones, temblores y sacudidas musculares.
Sobre todo, la respuesta de lucha-huida resulta en una activación general de todo el metabolismo corporal. Es así como puede sentirse calor o rubor, y, ya que este proceso consume mucha energía, inmediatamente después sobreviene, en general, un estado de agotamiento.

¿Por qué durante las crisis de pánico quiero salir corriendo de donde esté o me da la sensación de estar atrapado?

Como se mencionó antes, la respuesta de lucha-huida prepara al cuerpo para la acción, ya sea para atacar o para correr. Es por eso que no debe sorprender que los impulsos intensos asociados a esta respuesta sean los de agresión y de deseo de escapar. Cuando esto no es posible (por represiones sociales) dichos impulsos son expresados con conductas tales como golpeteo con los pies o aceleración de la marcha. Sobre todo, los sentimientos son los de estar atrapado y necesitar escapar.

¿Es normal que no pueda concentrarme?

Es verdad que cuando estamos ansiosos o “panicosos” (como dicen nuestros pacientes) nos resulta muy difícil concentrarnos en las tareas cotidianas. Las personas con ansiedad intensa se quejan con frecuencia de que se distraen con facilidad de sus tareas, de que no se pueden concentrar, y de que tienen problemas con su memoria. No hay que olvidar que el objetivo número uno de la ansiedad es alertar al organismo acerca de la probable existencia de peligro. Por lo tanto, ocurre un inmediato desvío de la atención hacia la búsqueda de posibles amenazas circundantes.
 
¿Que son los Trastornos de Ansiedad?

Se llama así a una serie de trastornos (enfermedades) que tienen como síntoma en común la ansiedad patológica.
De acuerdo con la influencia de distintos factores (heredo-biológicos, traumas vividos, crianza, situaciones actuales estresantes, tipos de personalidad) la ansiedad patológica tomará diferentes formas o características, dando como resultado los cuadros conocidos como Trastornos de Ansiedad.

Los desórdenes incluidos dentro de este grupo son:

  • Trastorno de Pánico
  • Agorafobia
  • Fobia Social (Trastorno de Ansiedad Social)
  • Fobias Específicas
  • Trastorno de Ansiedad Generalizada
  • Trastorno Obsesivo Compulsivo.
  • Trastorno de Estrés Postraumático

 

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