“100 Preguntas, 101 Respuestas, sobre Ansiedad Estrés Pánico y Fobias”

100 Preguntas, 101 Respuestas, sobre Ansiedad, Estrés, Pánico y FobiasUn libro de Enzo Cascardo & Pablo Resnik

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Capítulo 2

 

El Trastorno de Pánico y las Crisis de Pánico

Uno de los modos en que con bastante frecuencia se manifiesta la ansiedad patológica es a través de episodios denominados Ataques o Crisis de Pánico. Estas crisis de pánico pueden presentarse, en mayor o menor medida, en todos los trastornos de ansiedad.

¿Qué es el Ataque de Pánico?

Imaginemos a una persona que va caminando tranquilamente por la calle, sin pensar en nada en particular. De repente comienza a sentir palpitaciones, parece que el corazón le va a saltar del pecho..., siente un miedo intenso a morir, desesperación, necesidad de escapar. Enseguida nota que le cuesta respirar, y un mareo le hace pensar que podría desmayarse. Queda paralizada por el miedo. No entiende lo que le pasa pero se siente en peligro.
Llamamos crisis o ataque de pánico a la aparición repentina de miedo intenso, acompañado de algunos de los siguientes síntomas que alcanzan su máxima intensidad en los primeros 10 minutos aproximadamente, para luego decrecer en forma rápida:

  • Palpitaciones o aumento de la frecuencia cardíaca.
  1. Sudoración.
  2. Temblores o sacudidas musculares.
  3. Sensación de ahogo o falta de aire.
  4. Sensación de atragantarse.
  5. Opresión en el pecho.
  6. Nauseas o molestias abdominales.
  7. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo.
  8. Sensación de irrealidad o de despersonalización.
  9. Miedo a perder el control o volverse loco.
  10. Miedo a morir.
  11. Sensación de hormigueo.
  12. Escalofríos o sofocaciones.

 

Estas manifestaciones no son otra cosa que la consecuencia de la puesta en marcha de la reacción de lucha/huida (ver capítulo1), sólo que, en este caso, la reacción de miedo se dispara sin causa aparente, por lo que genera intensa incertidumbre y temor por la salud física y mental.

¿Voy a tener un infarto…?...¿Estaré volviéndome loco…?

Seguro no te harías estas preguntas si luego de darte un gran susto (por ejemplo, luego de haberte salvado, mediante una frenada violenta, de chocar con tu auto), tu corazón comenzara a latir a gran velocidad o sintieras que todo te da vueltas. Lo interpretarías como una consecuencia normal de la situación vivida y sólo te tomarías un respiro a la espera de que los síntomas se fueran, antes de poner en marcha el auto otra vez.
Muy distinto es cuando esas sensaciones se presentan sin previo aviso y sin causa aparente, como cuando uno se encuentra, por ejemplo, muy tranquilo mirando la televisión en su casa o de paseo por el shopping.
Sin embargo, tanto en un caso como en el otro, la reacción del organismo corresponde a una respuesta de defensa y, por lo tanto, no es peligrosa en sí misma.
Pero alguien, con mucha razón, podría decirme: ¿defensa de qué, si yo estaba lo más tranquilo?
La respuesta es: el ataque de pánico constituye una reacción de defensa que se dispara de manera errónea, cuando no debería. Es un poco como las alarmas mal calibradas de los autos que se activan cuando pasa un colectivo cerca o cuando alguien se apoya en ellos.
Nuestro trabajo, y el tuyo, será que la alarma deje de funcionar a cada rato y vuelva a hacerlo sólo cuando sea de verdad necesario.

¿Es peligroso para mi salud tener estas crisis?

Las crisis de pánico, más allá del miedo y la sensación de peligro inminente, no suponen, en sí mismas, un peligro real.
Como hemos dicho más arriba, estas crisis son la expresión de la reacción de lucha/huida, un mecanismo de defensa que, como tal, no puede resultar peligroso para nuestra integridad física.
Para entenderlo mejor, veamos la función de un mecanismo de defensa en, por ejemplo, los osos polares. Estos mamíferos han desarrollado, a lo largo de su evolución como especie, un pelaje espeso que les ha permitido, y les permite, sobrevivir en las duras condiciones de temperatura del Polo Norte. La alta densidad de su pelaje es, entonces, un mecanismo de defensa exitoso contra el frío, que lograron desarrollar a través de su evolución. Pero supongamos que ese pelaje hubiera comenzado a volverse más y más largo y, de ese modo, les provocara dificultades para moverse con comodidad o con la agilidad necesaria para obtener su alimento. En ese caso el mecanismo de defensa dejaría de serlo, para transformarse, muy por el contrario, en una característica incompatible con la subsistencia. Y si esto ocurriera, el oso polar se extinguiría. Volviendo al tema que nos ocupa, si las crisis de pánico (mecanismo de defensa) fueran peligrosas para nuestra vida, debería haber ocurrido una de las siguientes dos posibilidades: A) nuestra especie hubiera dejado, ya hace tiempo, de existir; B) hubiéramos suprimido, siempre a través de la evolución, ese mecanismo de defensa, para desarrollar algún otro, más eficaz y compatible con la vida.

¿Realmente no es riesgoso que mi corazón se acelere tanto?

Si ya pasaste por varias crisis de pánico (lo cual es bastante probable, de lo contrario no estarías leyendo este capítulo con tanta atención) habrás podido comprobar (y de esto estamos por completo seguros, de lo contrario no estarías con este libro, ni con ningún otro, en las manos) que tus temores acerca de la posibilidad de morir de una crisis cardíaca son infundados.
Como mencionamos antes, muchas personas interpretan de modo erróneo los síntomas de la respuesta de lucha/huida y creen que la misma puede, en alguna oportunidad y a fuerza de repetirse, provocarles la muerte. Esto se debe a que carecen de suficientes conocimientos acerca de las características de los ataques cardíacos, que son fácilmente distinguibles de las de una crisis de pánico. Además, por lo general, un examen cardiológico de rutina permite confirmar la ausencia de enfermedad, ya intuida por el psiquiatra al entrevistar al paciente.
En un corazón sano, los cambios de ritmo e intensidad causados por la  adaptación a modificaciones en el medio ambiente no sólo no revisten peligro, sino que son necesarios. El corazón está preparado para este tipo de exigencias.
Su estructura le permite presentar cambios de ritmo e intensidad de contracción de acuerdo con las necesidades del nuestro cuerpo en diferentes situaciones. Recordemos que su actividad se incrementa en diversos eventos de la vida cotidiana tales como: ejercicio, variaciones de presión ambiental, cambios bruscos de posición, subir una escalera, correr el colectivo, asustarse o alarmarse, etc. También presenta un ritmo acelerado en algunas enfermedades, como por ejemplo en las anemias crónicas, en las cuales debe latir durante años a un ritmo mayor, para compensar con éxito la menor cantidad de glóbulos rojos existente.
Ahora bien, en personas cuyo corazón presenta algún tipo de problema o enfermedad, las crisis de pánico, como cualquier otro cambio importante en las condiciones de funcionamiento del organismo, podrían, eventualmente, suponer un riesgo. Por suerte, la mayor parte de los pacientes que sufren crisis de pánico son jóvenes y saludables, en lo que a su organismo se refiere. Por otra parte, la mayoría de las personas que nos consultan llegan con una buena batería de estudios ya realizados (en el caso de que no sea así, los solicitamos nosotros, ya en la primera entrevista), que nos dejan tranquilos en cuanto al estado de salud de su corazón, para que de ese modo podamos enfocarnos sin distracciones en nuestra tarea específica: superar el temor, controlar las crisis, y volver, de manera paulatina, a disfrutar de una vida normal. 

¿Es lógico que me asuste cuando los latidos son tan intensos?

Y…, sí. ¿Cómo no nos vamos a asustar frente a eso, sobre todo cuando no sabemos por qué ocurren?

Sin embargo, en el caso del ataque de pánico, no debería alarmarnos la percepción de latidos más frecuentes e intensos: el corazón sólo está realizando su trabajo.

Al latir con mayor intensidad y frecuencia la sangre circula más rápido y es desviada de los lugares donde, en esa emergencia, no es tan necesaria, como la piel o los órganos abdominales hacia territorios donde es más necesaria como defensa, preferentemente, como ya apuntamos, los grandes músculos. Como vemos, no es casual que una persona corra mucho más rápido cuando tiene miedo. Durante el miedo, como resultado de la redistribución circulatoria, la piel se ve pálida y se siente fría, para que los músculos puedan recibir un mayor aporte de oxígeno y energía. Por otra parte, y por idéntica razón, la reducción momentánea de flujo sanguíneo a nivel cerebral puede verse reflejada en mareos, visión borrosa y sensación de inestabilidad.

Como explicamos en el capítulo1, estos cambios se producen para optimizar nuestra reacción frente a un peligro. Constituyen un mecanismo de defensa y, por lo tanto, no pueden ser dañinos para el organismo, aunque las desagradables sensaciones que provocan nos hagan creer lo contrario.

¿Por qué me asustan tanto los síntomas de la crisis de pánico?

Las primeras crisis no hay manera de que no nos asusten. Irrumpen en nuestra vida sin aviso previo, el corazón parece que se ce que no podemos respirar bien, todo da vueltas alrededor…, y sin causa a la vista que pueda explicarlo. Todo parece indicar que estamos sufriendo un ataque de algún tipo y que podríamos llegar a morirnos en cualquier momento.
Después, a medida que se repiten, es posible que ya nos vayamos dando cuenta de que la cosa no es tan grave. ¿Pero cómo no seguir teniendo miedo, sobre todo si no nos han dado una buena explicación? Se trata del corazón que se agita, de sensaciones de desmayo, de mareos… ¿cómo no estar asustados?

Un factor clave en la intensidad del miedo que sentimos es la sensación de pérdida de control sobre nuestro cuerpo

Las crisis pueden ocurrir en cualquier momento y no sabemos controlarlas. Sólo sabemos defendernos evitando las situaciones que las producen. Así logramos tener menos, o ninguna, crisis de pánico. Pero nuestra vida se va achicando y empobreciendo cada vez más…

¿Es posible perder el control en medio de la crisis?

No, aunque parezca mentira, es muy difícil que eso ocurra.
Como se mencionó antes, la respuesta de lucha/huida prepara al cuerpo para la acción, ya sea para atacar o para correr. Por eso no debe sorprender que los impulsos intensos asociados a esta respuesta sean los de agresión y de deseo de escapar. Cuando esto no es posible (por represiones sociales) estos impulsos son expresados con conductas tales como desesperación, golpeteo con los pies o aumento de la velocidad de la marcha. Sobre todo, se presentan sentimientos de estar atrapado y necesitar escapar. Mucha gente teme “perder el control” en medio del pánico. Creen que pueden quedar totalmente paralizados, o, por el contrario, que la desesperación los llevará a correr por los alrededores sin poder medir sus acciones. Es habitual que sientan una opresiva sensación de amenaza contra su seguridad, aunque no encuentren una explicación lógica para ello.
Durante el miedo, el cuerpo entero se prepara para la acción y hay un abrumador deseo de escapar. De cualquier modo, la respuesta de lucha/huida no está dirigida a lastimar a otras personas (que no sean amenazadoras) y no produce parálisis. Más bien, apunta a que el organismo pueda alejarse de la amenaza. No hay registro de casos en donde alguien se haya comportado salvajemente durante un ataque de pánico.

En resumen, ¿cuáles son los efectos de la respuesta de lucha-huida?

  • Desvío de la atención hacia el medio circundante.
  • Aumento de la percepción de peligros o posibles amenazas
  • Preparación del cuerpo para la lucha o la huida, con incremento del rendimiento del corazón, respiración y, por lo tanto, fuerza y velocidad.
  • Actitud mental dispuesta a la agresión o al escape. Necesidad de lugares abiertos.

 

¿Trastorno de Pánico y crisis de pánico son la misma cosa?

No. Una cosa son las crisis de pánico y otra el Trastorno de Pánico.
Llamamos crisis o ataque de pánico a la aparición repentina de miedo intenso, acompañado de algunos síntomas típicos que alcanzan su máxima intensidad en los primeros minutos aproximadamente, para luego decrecer.
Las crisis de pánico forman parte del Trastorno de Pánico, pero también suelen hacerse presentes en los demás Trastornos de Ansiedad.
Por ejemplo: forman parte de la Ansiedad Social cuando se presentan de manera exclusiva en situaciones de interacción social y corresponden a las Fobias Específicas cuando sólo se presentan en el momento de enfrentarnos con el objeto fobígeno (ej.: lugares altos en la acrofobia, lugares cerrados en la claustrofobia, etc.)
Ahora bien, cuando las crisis se repiten y empezamos a convivir con la preocupación acerca de la posibilidad de nuevos episodios y sus consecuencias, entonces decimos que estamos frente a un Trastorno de Pánico. 

¿Y si me agarra de nuevo? ¿Y si me desmayo o me mareo en la calle y nadie me ayuda? O peor, ¿y si me agarra mientras manejo mi auto? Es mejor que ya no salga solo.
¿No iré a tener un ataque al corazón? ¿Tendré algo en la cabeza? ¿Me estaré volviendo loco?

Nuestro comportamiento comienza a cambiar de manera progresiva. Adquirimos una serie de conductas de reaseguro y limitamos cierto tipo de actividades cotidianas que ahora, a raíz de lo que nos ocurre (o de lo que interpretamos acerca de lo que nos ocurre) consideramos riesgosas.

¿Qué es la Agorafobia?

Llamamos agorafobia a la intensa sensación de desamparo que nos surge al encontrarnos en lugares donde nos parece que nos resultará difícil escapar o en los que no será fácil conseguir ayuda en caso de sufrir un ataque de pánico

Al principio, estas situaciones pueden ser afrontadas pagando el precio de un intenso malestar físico. Tiempo después ya se vuelve necesaria la presencia de una persona de confianza como acompañante: surge así la dependencia. Finalmente, en la mayoría de los casos, dichos lugares o situaciones llegan a ser evitados por completo.

Cada vez más actividades son eliminadas de nuestras costumbres: dejamos de ir a fiestas o reuniones (por si nos da un ataque delante de todo el mundo), no nos quedamos solos en casa al cuidado de chicos de poca edad (sean o no nuestros hijos) ya que si “nos descomponemos”, ¿qué será de ellos? No viajamos fuera del radio de nuestra ciudad (estar en casa nos da seguridad, la distancia, por el contrario, nos produce una insoportable sensación de desamparo), muchas veces abandonamos nuestros estudios (ya no puedo llegar a la facultad en subte o colectivo, siempre me termino bajando antes. Además, no puedo estar ni la mitad del tiempo de clase quieto en el aula, me parece que no puedo respirar).

La agorafobia es una consecuencia natural de las crisis de pánico repetidas, y se instala ya en los comienzos del trastorno

Nuestra vida se empobrece y, lo que es peor, al no encontrar cómo resolver el problema, corremos el peligro de acostumbrarnos a vivir así.
De hecho, a tal punto puede llegar el acostumbramiento que la persona que sufre un Trastorno de Pánico con Agorafobia, en muchos casos, llega casi a “olvidar” la cantidad de situaciones normales que evita.

Veamos un ejemplo de nuestra propia práctica clínica:

Caso clínico:
Verónica, la que había olvidado su vida anterior
Una tarde, hace ya más de diez años, llegó a la consulta una chica de unos 25 años. Digamos que se llamaba Verónica. Me cuenta que había sufrido su primera crisis de pánico a los diecinueve, durante unas vacaciones en la costa con su familia. Un día, mientras estaba en la playa y sin nada que lo justificara, se empezó a sentir muy nerviosa. El corazón de golpe le iba muy rápido y sentía que no podía respirar bien. En seguida pensó que estaba teniendo un ataque y que se iba a morir.
Los padres, asustados, la llevaron sin pérdida de tiempo a una guardia médica.
En la guardia, como solía suceder por aquellos años, los profesionales, luego de una revisación muy completa, les dijeron que no tenía nada, que probablemente estaba nerviosa, que tomara un calmante y se mantuviera alejada de cosas que pudieran estresarla.
Es verdad que Verónica estaba viviendo una etapa especial de su vida. Había terminado el secundario y, al no tener un proyecto de estudio o trabajo muy firme, en su vida se había producido un vacío que la tenía bastante angustiada.
El tiempo pasó, los síntomas seguían y los profesionales que había consultado no habían conseguido ayudarla. Las crisis, que en un principio habían sido muy violentas y frecuentes, ya eran más espaciadas y su vida, por lo tanto, era más tranquila.
Un día, gracias a un informe que vio en un noticiero de la tele, se enteró de que existían tratamientos específicos para casos como el de ella. Así fue como decidió, a pesar de los fracasos anteriores, darse una nueva posibilidad de recuperación.
Dos semanas después llegó a nuestros consultorios.
Ese día, el de su primera entrevista conmigo, luego de un rato de conversación durante el cual me habló acerca de los inicios de su enfermedad, le pedí que me contara qué cosas ya no hacía a causa del temor a que le sobreviniera una nueva crisis de pánico. Verónica, sin pensarlo, me respondió que no, que ella llevaba una vida sin restricciones, que no se veía obligada a dejar de hacer nada, en realidad. Trabajaba en un local de ropa, estaba de novia, salía con sus amigas… En fin, si no fuera por esas crisis que le venían cada tanto, podría decirse que llevaba una vida normal. 
Su respuesta me llamó mucho la atención. No era lo más habitual que alguien que había sufrido ese tipo de crisis, y que aún las sufría (aunque en menor número e intensidad) no hubiera desarrollado un sistema de evitación de determinados lugares. Le pedí, entonces, que llenara un cuestionario (que damos a todos nuestros pacientes en la primera entrevista) en el cual se le presentaban diferentes situaciones de movilidad (viajar en colectivo, en subte, tren o avión, caminar sola por la calle, permanecer sola en casa, ir al cine, ir a reuniones, permanecer en una fila, viajar a lugares alejados de su casa, etc.) y ella tenía que  señalar con qué frecuencia se veía obligada a evitarlas, a causa del temor a sufrir una crisis de pánico.
Para su propia sorpresa (y no tanto para la mía) Verónica comenzó a tildar varios ítems, uno detrás del otro. Cuando terminó, me alargó la hoja y se sonrió, en un gesto que mezclaba  asombro y confusión. ¡Había un montón de cosas que no hacía y lo había olvidado! De hecho, hacía tanto tiempo que no las hacía, a tal punto las había borrado de su vida, que ya no se daba cuenta de que le faltaban.
Verónica ya no iba al cine ni a reuniones con mucha gente, por ejemplo. No tomaba transportes públicos (sólo remises) desde hacía años. Su novio vivía a sólo unas cuadras de su casa, por lo que podía ir muy tranquila caminando. Lo mismo pasaba con su trabajo. Sus nuevas amigas, con las que más se veía, también vivían cerca y compartían sus “gustos” de salir sólo por el barrio y no ir a bailes o lugares muy concurridos.
Ahora sí se acordaba: como las crisis se repetían y no dejaban de atemorizarla, empezó a restringir sus salidas y actividades en forma progresiva. Descubrió que de esa manera conseguía que los ataques de pánico casi no se repitieran. Dejó de ir al cine o al shopping, no volvió a viajar en tren o colectivo, evitaba ir a reuniones y ya no salía de vacaciones en el verano. Su vida, de ese modo, volvió a ser más tranquila y previsible. Sólo muy de vez en cuando sufría algún ataque de pánico, que la sorprendía en medio de las actividades de todos los días, pero era cuestión de tomarse un calmante y esperar a que pasara. Total, tardaría bastante en repetirse.

Consulté con varios médicos especialistas que no me pudieron ayudar. ¿Tan enfermo estoy?

No, en la gran mayoría de los casos el no haber encontrado respuestas terapéuticas efectivas no significa que el problema sea tan grave ni insoluble. Lo más probable es que no hayamos conseguido soluciones por no obtener un diagnóstico preciso y/o un tratamiento correcto.
Nuestra primera reacción frente a las crisis de ansiedad o pánico es pensar que  tenemos alguna enfermedad física. Entonces empezamos una ronda de consultas por distintas especialidades médicas, con la expectativa de encontrar una causa que explique lo que nos está pasando. Vamos a ver al clínico, al cardiólogo, al neurólogo, al endocrinólogo... En cada caso nos indican distintos exámenes, análisis, radiografías, incluso tomografías computadas o resonancias magnéticas.
Pero la respuesta suele ser siempre la misma: “usted no tiene nada, son sus nervios”.

Afortunadamente en los últimos años la situación tiende a cambiar y son cada vez más los médicos capaces de sospechar el diagnóstico de Trastorno de Pánico u otro Trastorno de Ansiedad y orientar así a sus pacientes hacia una derivación correcta

¿Qué es el “miedo al miedo”?

Si no accedemos a un tratamiento adecuado, algo tenemos que hacer para evitar que las crisis de pánico sigan apareciendo. Para eso comenzamos a restringir cada vez más las actividades que puedan desencadenarlas.
Resulta habitual que ya después de las primeras crisis empecemos a evitar el uso de trenes, colectivos y subtes. También tratamos de no ir solos por la calle, ni alejarnos de casa, o concurrir a lugares cerrados o con mucha gente (cines, teatros, hipermercados, shoppings, etc.).
Más adelante, en la medida en que el problema se acrecienta nos puede dar mucho temor incluso el quedarnos solos en nuestra propia casa.
En casos extremos pero no excepcionales, ha habido personas que no salieron de sus hogares por meses, o incluso años.
En muchos de esos pacientes las crisis hace ya mucho que no se presentan, pero persiste un intenso temor de que reaparezcan: se ha instalado el “miedo al miedo”.

Se denomina miedo al miedo al  temor de sufrir otra crisis de miedo como consecuencia de un nuevo ataque de pánico.

Síntomas principales del Trastorno de Pánico
Sensación de ahogo
Mareos
Palpitaciones
Miedo
Sensación de desmayo
Sensación de pérdida del control
Temor a morir
Necesidad de salir a un espacio abierto.

Complicaciones del Trastorno de Pánico
Severa limitación de la libertad de trasladarse
Imposibilidad de viajar a lugares más o menos lejanos
Dependencia de otros para sentirse seguro
Ánimo depresivo
Deterioro de las posibilidades laborales, académicas y sociales

¿Qué es una fobia?

Una fobia es un miedo intenso, desproporcionado con relación a la situación que lo desencadenó, y que suele provocar conductas evitativas.
Como veremos más adelante, si estos cambios en la conducta alteran la actividad y el desempeño global de la persona ocasionándole la pérdida del trabajo, del estudio, problemas de pareja o familiares, etc., entonces podemos decir que nos encontramos ante un trastorno fóbico.

¿Qué es la agorafobia?

Antes se conocía como agorafobia al temor y la evitación de espacios abiertos. Desde hace tiempo llamamos agorafobia al temor (o sensación de gran desamparo) que se sentimos al estar en distintos lugares o situaciones en donde puede llegar a resultar difícil escapar u obtener ayuda en el caso hipotético de que suframos una crisis de pánico.
Al principio, estas situaciones pueden ser afrontadas y resistidas pagando el precio de un intenso malestar físico. Tiempo después ya se vuelve necesaria la presencia de una persona de confianza como acompañante: surge así la dependencia.
Finalmente, en la mayoría de los casos,  dichos lugares o situaciones llegan a ser evitados por completo.

¿Qué lugares o situaciones son evitados con mayor frecuencia por quienes sufren un Trastorno de Pánico?

  • Lugares en los que las puertas se cierran y uno mismo no puede volver a abrirlas cuando lo desea o necesita: trenes, subtes, colectivos, aviones, entrada de edificios, ascensores, automóviles (en los que maneja otra persona), micros.
  • Lugares de los que uno puede salir pero implica exponerse ante los demás: cines, teatros, fiestas, reuniones, aulas, consultorios.
  • Lugares alejados de la casa de uno: sitios de vacaciones, zonas de la ciudad no familiares, lugares donde se presume no habrá atención médica cercana.
  • Situaciones que impliquen espera forzosa: hacer cola en un banco, tránsito embotellado, salas de espera (sobre todo si no hay ventanas).
  • Situaciones de responsabilidad que, si sobreviene una crisis, creemos que no podremos manejar: quedar sola o solo en casa con los chicos, salir con los chicos a la calle (si me viene una crisis, ¿quién los cuida?), manejar el automóvil (si me descompongo y me descontrolo puedo provocar un choque o salir corriendo y dejar el auto en la mitad de la calle).
  • Situaciones de soledad: quedarse solo en casa (si me pasa algo no va haber nadie que pueda ayudarme) o caminar solo por la calle (si me desmayo voy a hacer un papelón y además quizás no me puedan ayudar a tiempo)
  • Lugares abiertos: rutas, paseos por el campo o grandes paisajes, en donde la inmensidad provoca sensaciones de vacío y desolación, que son asociadas al desamparo que sobreviene con la crisis de pánico.

 

¿La agorafobia y el pánico pueden darse juntos?

Sí, y es lo que sucede en la mayoría de los casos. La agorafobia suele ser la consecuencia directa del trastorno de pánico, si éste no se trata a tiempo. Primero se producen las crisis, luego la preocupación permanente por la posibilidad que aparezcan nuevas crisis (esto se denomina ansiedad anticipatoria o miedo al miedo), y más tarde la agorafobia con sus típicas conductas evitativas (ver esquema).

Circuito del Miedo al Miedo:
  


¿Cuáles son las causas del Trastorno de Pánico?

Si bien en un principio se pensaba que las causas de este trastorno eran exclusivamente psicológicas, hoy se sabe que no es así. Se han descubierto factores neuroquímicos y neuromoleculares, así como cierta predisposición genética, que, junto con elementos emocionales (del pasado y/o del presente) y eventos estresantes, llevan a la irrupción de este cuadro.

¿A qué edad suele comenzar?
¿Lo sufren muchas personas?

La edad de comienzo suele situarse entre los 25 y los 35 años, si bien estos límites no son estrictos.
Aproximadamente 35 de cada 1000 personas lo sufren en algún momento de sus vidas.
Estas cifras resultan muy similares en diferentes ciudades del mundo.
Muchos suponen que el Trastorno de Pánico es más frecuente en grandes ciudades, cosa que no es así. Aunque resulte sorprendente, su frecuencia de aparición es prácticamente la misma en zonas rurales y en áreas urbanas. Esto demostraría, por una parte, la importancia del componente genético de la enfermedad, y por otra, que aun en ciudades pequeñas o pueblos existe el estrés, en mayor o menor grado.

¿Por qué se producen la crisis de pánico?

Si los síntomas de la ansiedad se presentan de manera brusca y sin causa aparente, pueden alcanzar niveles muy elevados ya que uno imagina, erróneamente, que padece alguna enfermedad física o que su vida está corriendo un peligro inminente.
Cuando esto ocurre, el miedo aumenta aún más la intensidad de las sensaciones, lo que puede llevar al desarrollo de una crisis de pánico.
La mayoría de las investigaciones científicas dicen que las personas que padecen ataques de pánico le temen, fundamentalmente, a sus sensaciones físicas, es decir, son esas sensaciones las que les desencadenan el miedo o pánico.

El ataque de pánico puede ser visto como un conjunto de sensaciones físicas inesperadas, seguido de una respuesta de pánico o miedo a esas sensaciones

Muchas veces no se puede encontrar con claridad la sensación desencadenante o la causa de la ansiedad. En consecuencia, muchas personas vuelven su búsqueda hacia ellos mismos.
En otras palabras: “si no hay nada exterior que me esté haciendo sentir ansioso o temeroso, algo debe estar mal en mí”. En estos casos, automáticamente pensamos “me voy a morir de un ataque”, “estoy perdiendo el control” o “me voy a volver loco” (pensamientos catastróficos).
Como vemos, a pesar de que esos pensamientos pueden resultar comprensibles, nada puede estar más lejos de la verdad, ya que:

El objetivo de la respuesta lucha/huida es proteger al organismo, no dañarlo

¿Por qué se desencadena un ataque de pánico cuando no existe ningún peligro real?

Hasta ahora, hemos visto los componentes y rasgos principales de la ansiedad en general, o de la respuesta de lucha/huida (también llamada respuesta de miedo o pánico), sin embargo, ¿cómo se aplica todo esto a los ataques de pánico?
¿Por qué se activa la respuesta de lucha/huida durante un ataque de pánico, si aparentemente no hay nada a que temerle?
Como mencionamos antes, la respuesta de lucha/huida (de la que los síntomas físicos son parte) hace que dirijamos nuestra atención hacia supuestas (o potenciales) fuentes de peligro. Cuando el cerebro (la mente) no logra encontrar un peligro real, vuelve su búsqueda hacia adentro y, de manera automática, encuentra una explicación tal como “debo tener un ataque al corazón o un tumor en la cabeza, voy a perder el control, me voy a desmayar, me voy a morir acá, etc.” Esas interpretaciones que se nos ocurren nos provocan miedo o pánico. A su vez, el miedo y el pánico aumentan los síntomas físicos, y de ese modo se produce un ciclo de síntomas-miedo-síntomas-miedo y así sucesivamente.

Ahora bien, ¿por qué muchas veces experimentamos los síntomas físicos de la respuesta de lucha/huida, si no hubo nada que nos alarmara, ni de nuestro cuerpo ni de afuera?
Es verdad, sabemos que los ataques de pánico suelen presentarse de manera espontánea cuando estamos paseando, por ejemplo. Hay muchos caminos por los que pueden desencadenarse estos síntomas, no sólo a través del miedo. Por ejemplo, el estrés de la vida diaria resulta en un aumento en la producción de adrenalina y otras sustancias químicas que pueden, a veces, producir síntomas similares a la ansiedad y el pánico.
Otra posibilidad es que tengamos una tendencia a respirar un poco rápido (leve hiperventilación) por costumbre, y esto también nos puede producir los síntomas. Debido a que este aumento del ritmo respiratorio es leve, es posible que nos hayamos acostumbrado y no notemos que estamos hiperventilando.
Una tercera posibilidad es que estemos experimentando cambios normales en  nuestro organismo (que todo el mundo experimenta sin notarlo, por ejemplo, leve taquicardia o respiración agitada luego de correr unos pasos o caminar rápido), pero como, debido a nuestro temor, estamos permanentemente monitoreando o chequeando nuestro cuerpo, notamos estas sensaciones mucho más que el común de las personas
Además de las dos razones ya descriptas para la producción de síntomas o sensaciones físicas, (estrés e hiperventilación), existe una tercera posibilidad: el proceso llamado condicionamiento interoceptivo. En este caso los síntomas físicos que ocurrieron en los primeros ataques de pánico quedan asociados al momento traumático volviéndose señales cargadas de significado de amenaza o peligro. Esto es, se han vuelto reflejos condicionados. Como resultado, es muy probable que seamos extremadamente sensibles a estos síntomas y que  reaccionemos con miedo, sencillamente, debido a que en el pasado las experiencias de pánico estuvieron asociadas a ellos.
Como consecuencia de esta asociación condicionada, las sensaciones que ocurren durante actividades comunes pueden llevar a desarrollar un estado de pánico. Por ejemplo, la falta de aliento y sensación sudorosa producida por el ejercicio físico, el nerviosismo producido por tomar café, o el calor en negocios repletos de gente, todo esto nos puede llevar a desarrollar una sensación de pánico, motivo por el cual muchas personas que lo padecen evitan actividades físicas, deportes, o tomar café o bebidas cola.

Aún cuando no sepas con seguridad por qué se despertaron los primeros síntomas de una crisis, tené la certeza de que son parte de la respuesta de lucha/huida, y, por lo tanto,  inofensivos.

¿Qué pasa cuando por fin aprendo que las sensaciones de ansiedad no son peligrosas? ¿Se van a ir o igual seguirán apareciendo?

Una vez que de verdad creamos, en un ciento por ciento, que las sensaciones físicas no son peligrosas, el miedo y el pánico no van a ocurrir por mucho más tiempo, y las crisis de pánico se irán presentando de manera más aislada, hasta, en el mejor de los casos, desaparecer.
El convencimiento de la no peligrosidad de las sensaciones no se alcanza con facilidad. Hemos sufrido fuertes crisis durante un buen tiempo, y no resulta fácil dejar atrás esa impresión que nos dejó tan marcados.

Algunas razones para confiar en que las crisis de pánico no van a matarnos:

  • Seguimos vivos, a pesar de tantos ataques de pánico que tuvimos. Es decir, los síntomas, hasta ahora, a pesar del miedo que nos causaron, no nos han matado.
  • Siempre pudimos mantener el control. Nunca llegamos a salir corriendo. Es más, la mayoría de las veces, la gente que estaba con nosotros en ese momento ni siquiera se dio cuenta de lo que nos estaba pasando. Tan grave, entonces, no debe ser.
  • Pensemos: si una crisis de miedo pudiera matarnos, a esta altura quedarían solo unos pocos habitando el planeta.
  • Justamente nosotros, a causa de nuestros síntomas,  con seguridad nos contamos entre las personas estudiadas de manera más completa desde el punto de vista cardiológico. Y nuestro corazón está sano.

¿Qué tal si nos relajamos y tratamos de aprender a confiar en que nada va a suceder?
Vamos, apartemos el temor. De algo nos vamos a morir algún día, pero con seguridad no va a ser de pánico.

 

Cuando estoy en medio de un ataque de pánico me siento tan rara que me da miedo de volverme loca. ¿Es posible que una de esas crisis me lleve a la locura?

No, en ningún caso un trastorno de pánico conduce a la locura.
Mucha gente, cuando experimenta los síntomas físicos de la respuesta de lucha/huida, cree que se está “volviendo loca”. Esto se debe a la extrañeza de sí mismo y/o del entorno que produce la crisis de pánico. Pero ese síntoma desaparece al terminar la crisis, y además no se relaciona con cuadros más severos como las psicosis (“locura”) en general.
La locura, o mejor dicho la esquizofrenia (que es el tipo de psicosis más frecuente en gente joven), es una patología completamente distinta, con síntomas muy severos como, por ejemplo, la discordancia entre pensamientos y discurso, ambivalencia afectiva, delirios o creencias extrañas (ej.: que recibe mensajes del espacio exterior o que alguien controla sus pensamientos) y alucinaciones (Ej.: que hay voces dentro de su cabeza). Aún más, la esquizofrenia parece ser un trastorno de base genética con fuerte incidencia familiar, con un pronóstico mucho peor que el pánico.  
Por otra parte, la esquizofrenia  generalmente comienza de modo gradual y no de repente (como el ataque de pánico). Sus primeros síntomas suelen ser las alteraciones del pensamiento ya mencionadas, la excitación psicomotriz o una gran falta de interés por todo aquello que no tenga que ver con su ideación delirante.

¿Por qué durante las crisis me parece que voy a perder el control?

Es verdad, en medio de una crisis de pánico sentimos una desesperación terrible mezclada con una sensación de amenaza, y a veces parece que en cualquier momento podemos perder el control.
Nos da miedo quedar totalmente paralizados o, por el contrario, no poder evitar el impulso de salir corriendo de donde fuera que estemos, vociferando nuestra desesperación delante de todo el mundo y atropellando a quien se nos ponga adelante (¡con una absoluta pérdida de la elegancia!).
Por lo que se mencionó antes, ahora sabemos de dónde vienen esos sentimientos. Durante la ansiedad, el cuerpo entero se prepara para la acción y hay un abrumador deseo de escapar. De cualquier modo, la respuesta de lucha/huida no está dirigida a lastimar a otras personas (que no sean amenazantes) y no produce parálisis. Más bien apunta a que el organismo pueda escapar de la situación.

No existen registros de ningún caso en que alguien se haya comportado de manera agresiva o salvaje durante un ataque de pánico. Aún cuando la respuesta de lucha/huida nos hace sentir confusos, raros o desesperados, de todos modos somos capaces de pensar y funcionar normalmente durante la crisis.

Para más datos acerca de que esto es así, pensemos cuántas veces otras personas, que estaban en ese momento con nosotros, se han dado cuenta cuando hemos estado sufriendo un ataque de pánico. La respuesta es nunca o casi nunca.
¿Por qué? Porque la procesión va por dentro.

A pesar de que las sensaciones son intensas y nos generan mucho miedo, somos capaces de controlarlas en una medida mucho mayor de lo que hubiéramos esperado

 

¿Qué es lo peor que me podría pasar durante un ataque de pánico?

¿Hasta dónde pueden llegar estas palpitaciones?
¿Hasta qué punto se puede soportar esta ansiedad, si sigue subiendo?
¿Y si me muero?
¿Y si colapso y caigo redondo al piso?
Las crisis intensas dan mucho miedo y uno no sabe qué le podría pasar en medio de una de ellas.
Como vimos, la respuesta de lucha/huida se produce principalmente a través de la actividad del Simpático, el cual, luego de unos minutos, es contrarrestado (o “calmado”, podríamos decir) por el Parasimpático. El Parasimpático es, en un sentido, un reaseguro contra la posibilidad  de que el Simpático se agote por una respuesta excesivamente intensa o prolongada.
Por otra parte, los nervios no son como cables eléctricos y la ansiedad no los puede agotar, dañar o consumir.

Los peores síntomas de pánico que podemos sufrir ya los conocemos (y eso es una ventaja). Son los de las primeras crisis que tuvimos: un muy mal momento, un momento horrible, en realidad, con mucho miedo y síntomas intensos. Y nada más.
Vos dirás: “y nada menos”. Y es verdad.
Pero también “y nada más”: no me muero, no me vuelvo loco, no pierdo el control.
Es “nada más” que un momento espantoso.
Y convengamos en que no es lo mismo pensar que me voy a morir a pensar que en unos minutos todo va a pasar.
Las crisis más severas suelen ser las primeras debido a que, como no sabemos qué nos está ocurriendo, el miedo se acrecienta y, por lo tanto, los síntomas se vuelven más y más intensos.
Las crisis subsiguientes, a medida que pasa el tiempo y que ya son algo conocido por nosotros, suelen disminuir su intensidad (vale aclarar que existe, sin embargo, un pequeño porcentaje de personas que continúa sufriendo crisis severas a lo largo del tiempo).
Vale la pena repetir lo siguiente: el hecho de haber sufrido crisis tan intensas nos ofrece una ventaja: ya sabemos qué es  lo peor que nos puede ocurrir.
La posibilidad de desmayarse en una crisis de pánico es extremadamente rara, y cuando esto ocurre, suele deberse a otras patologías que no tienen que ver con el pánico.

¿Cómo diferencio los síntomas del pánico de los  que indican enfermedad del corazón?

Muchas personas malinterpretan  los síntomas de la respuesta de lucha/huida y creen que van a morir de un ataque cardíaco. Esto se debe a que probablemente no tienen suficientes conocimientos acerca de las características de los ataques cardíacos.
Echemos una mirada a los eventos de la enfermedad cardíaca y veamos como difieren del ataque de pánico.
Los síntomas más intensos y frecuentes en la enfermedad cardíaca son falta de aire, dolor en el pecho, así como ocasionalmente palpitaciones y desvanecimiento. En general, están directamente relacionados con el esfuerzo. Esto es, que a mayor esfuerzo físico, los síntomas son peores y, con menos esfuerzo, son más leves. Usualmente, los síntomas desaparecen con rapidez en el reposo, lo cual difiere de los síntomas asociados con los ataques de pánico, los cuales suelen ocurrir en reposo. Ciertamente, los síntomas del ataque de pánico pueden aparecer durante el ejercicio o ser peores durante el mismo, pero son diferentes de los del ataque cardíaco dado que suelen ocurrir de igual modo durante la falta de actividad.
Por otra parte, el dolor en el pecho de la enfermedad cardíaca es opresivo, parece como si una garra nos apretara el corazón. En cambio, en la ansiedad o en las crisis de pánico el dolor suele ser más como una puntada, y se localiza en zonas diferentes a las del verdadero dolor cardíaco.
Aún de mayor importancia es el hecho de que la enfermedad cardíaca casi siempre produce importantes cambios en el funcionamiento y morfología cardíacas, cambios que por lo general se evidencian con claridad en los electrocardiogramas y en los estudios de imágenes (rayos x, ecocardiogramas, etc.).
En el ataque de pánico, el único cambio que muestra el electrocardiograma es un leve incremento de la frecuencia cardíaca. Por lo tanto, si nos hemos realizado un electrocardiograma y el médico dijo que está todo bien, podemos asumir con seguridad que nuestro corazón no se encuentra enfermo.
Además, si los síntomas ocurren en cualquier momento y no sólo por el esfuerzo, es una evidencia adicional en contra del ataque cardíaco.

¿Qué es la hiperventilación?

La hiperventilación es definida como el aumento de la cantidad y profundidad del número de respiraciones por minuto.
En la crisis de pánico, el aumento de la frecuencia respiratoria está al servicio de la mayor demanda de oxígeno por parte de un organismo activado para la acción. Es decir, en un principio, esta modificación respiratoria es un cambio positivo.
Es verdad, sin embargo, que muchas personas se asustan de esta aceleración respiratoria, y comienzan a respirar mal, con miedo, en respiraciones cortas. Por eso es tan importante la reeducación respiratoria en el tratamiento del Trastorno de Pánico.

La respiración se acelera para conseguir más oxígeno y así ayudarnos en nuestra reacción de lucha/huída.
Es parte de un mecanismo de defensa y, como tal, no puede provocarnos daño

Para sobrevivir el cuerpo necesita del Oxígeno (O2). Cuando respiramos, el O2 entra a los pulmones donde es captado por los glóbulos rojos y transportado por la circulación hacia todas las células del organismo. Éstas lo consumen y liberan dióxido de carbono (CO2), el cual, a su vez, es llevado a los pulmones, desde donde se elimina a través de la respiración.
El eficiente control de las reacciones energéticas del cuerpo depende de un adecuado balance entre el O2 y el CO2. Este equilibrio se mantiene gracias a una correcta frecuencia respiratoria (entre 10 y 14 respiraciones por minuto).
Ante la necesidad de un mayor gasto de O2 (por ejemplo, durante el ejercicio físico) se produce un incremento de la frecuencia respiratoria para compensar la situación. O viceversa, si las necesidades de O2 disminuyen (por ejemplo, durante la relajación) la cantidad de respiraciones también baja.
La respiración, como el resto de las funciones corporales, está automáticamente controlada por  mecanismos físicos y químicos, pero tiene la particularidad de poder ser controlada por la voluntad en determinadas circunstancias. Por ejemplo, somos capaces de detenerla por un lapso de tiempo (nadar debajo del agua) o, por el contrario, de aumentar su frecuencia e intensidad (inflar un globo).
Por lo tanto, una numerosa cantidad de factores tales como emociones, estrés o determinados hábitos o conductas también pueden alterar la respiración.
Estos últimos factores puede ser especialmente importante en personas que sufren de ataques de pánico, las cuales tienen una tendencia, por estar en una crisis o por hábito, al aumento de la frecuencia respiratoria.

¿Qué síntomas físicos puede provocar la hiperventilación?

El efecto más importante de la hiperventilación es que se elimina demasiado CO2 (dióxido de carbono). Eso ocasiona una disminución de la acidez normal de la sangre provocando lo que se conoce como alcalosis metabólica. Estos acontecimientos son los responsables de la mayoría de las manifestaciones físicas que ocurren durante la hiperventilación.
Uno de los cambios más importantes es la constricción de vasos sanguíneos a lo largo de todo nuestro cuerpo, con la consecuente disminución, leve y temporaria, del aporte sanguíneo al cerebro.
Dichos efectos nos pueden provocar dos amplias categorías de síntomas:
A) los denominados centrales, producidos por la leve disminución del O2 en algunas partes del cerebro, como ser, mareo, sensación de irrealidad, sensación de ahogo, visión borrosa, cansancio excesivo.
B) los síntomas periféricos, producidos por la leve disminución del O2 en otras partes del cuerpo, que genera aumento de la frecuencia cardíaca (para bombear más sangre y distribuirla en los lugares donde más se necesita, en el momento del alerta), entumecimiento y hormigueo de extremidades,  acaloramiento, manos frías y húmedas, contracturas musculares.
La reducción de la cantidad de oxígeno es muy leve y absolutamente inofensiva. También es importante destacar que la hiperventilación puede producir  sensación de ahogo o atragantamiento, cuando en realidad nunca falta el aire.
Sentimos que nos falta el aire, pero no es así, en verdad. Sentimos que podríamos asfixiarnos, pero eso no está ocurriendo ni podría ocurrir jamás a causa de un ataque de pánico o hiperventilación.
El ataque de pánico es un gran simulador. Simula situaciones graves con mucha eficacia.
Pero es sólo simulación.
Tenemos que aprender a no creerle.
De ese modo podremos debilitar el poder que tiene sobre nosotros

¿Qué otros problemas puede acarrear la hiperventilación?

La hiperventilación también puede ser responsable de una cantidad de manifestaciones generales.
Primero, el acto de respirar en forma exagerada resulta una tarea bastante exigente desde el punto de vista físico, por lo que podemos llegar a transpirar y sentir calor o rubor.
Segundo, si esta exigencia se prolonga en el tiempo, puede provocar cansancio excesivo y llevar al agotamiento.
En tercer lugar, como en estos casos tendemos a respirar más con el tórax que con el diafragma, los músculos torácicos se agotan y se tornan tensos, lo cual puede generar dolor en el pecho, suspiros o bostezos.
Estos hábitos pueden ser considerados una forma de hiperventilación ya que los suspiros o bostezos reiterados “eliminan” subitamente una importante cantidad de CO2. En consecuencia para combatir el problema es importante que estemos atentos a los suspiros o bostezos y que tratemos de suprimirlos.
En muchos casos la hiperventilación puede no ser evidente ni para uno mismo, debido a la costumbre después de largos períodos con este hábito.

¿Por qué se presentan ataques de pánico durante el sueño?

Con el tiempo la disminución del CO2 es relativamente compensada en el organismo de manera tal que la alcalosis (disminución de la acidez) que se produce es mínima, y no da lugar a la aparición de síntomas físicos evidentes.
Sin embargo, niveles de CO2 levemente disminuidos pero sostenidos en el tiempo pueden ser suficientes para que una pequeña hiperventilación o bostezo nos desencadenen manifestaciones físicas. Es posible que allí se encuentre el origen de la naturaleza repentina de muchos ataques de pánico, por ejemplo, durante el sueño nocturno.
Y esa es la razón por la cual muchos pacientes refieren: “yo no tenía la sensación de estar hiperventilando cuando tuve el ataque”.

El punto más importante a recordar acerca de la hiperventilación es que de ninguna manera es peligrosa. Es parte integral de la respuesta de lucha-huida y su propósito es ayudar a proteger al cuerpo de eventuales peligros

¿Cómo se diagnostica el Trastorno de Pánico? ¿Tengo que hacerme estudios especiales?

Por lo general antes de llegar a la consulta con el psiquiatra ya hemos pasado por el médico clínico, el neurólogo, el gastroenterólogo, el endocrinólogo, y quizás algún otro “ólogo” más.
Incluso en muchos casos hemos visitado también a otros profesionales de Salud Mental que al no estar entrenados en la detección y/o el tratamiento específico de este tipo de trastornos en particular, no han logrado una gestión exitosa.
Los estudios clínicos básicos (exámenes de sangre, electrocardiograma, mapeo cerebral, etc.) siempre son necesarios para descartar con certeza la existencia de problemas físicos asociados. Luego de este primer paso (realizado habitualmente por los “ólogos” antedichos), estamos en condiciones de abocarnos a precisar el diagnóstico específico.
El mismo se logra a través de la información que brinda el paciente acerca de sus síntomas, orientado por preguntas específicas formuladas por el especialista, y del estudio de la evolución del trastorno desde el momento en que comenzó.
En esta etapa diagnóstica  así como en la siguiente (tratamiento psicológico y/o farmacológico), en la gran mayoría de los casos no son necesarios estudios biológicos sofisticados.
No existen exámenes complementarios de ningún tipo (ni de laboratorio ni de imágenes)  que puedan diagnosticar de modo específico un Trastorno de Pánico u otro trastorno de ansiedad
Por otra parte, se pueden utilizar Escalas de Evaluación, tanto auto-administradas por el mismo paciente o por el profesional tratante.
Contamos con escalas probadas y validadas internacionalmente (es decir que han sido sometidas a pruebas de efectividad mediante estudios estadísticos rigurosos en un gran número de personas enfermas y comparadas con individuos sanos). Estas escalas brindan conclusiones muy útiles y fidedignas.
Además, solemos utilizar otras, de menor rigurosidad científica, en forma de cuestionarios con unas pocas preguntas, que ayudan a la gente a orientarse sobre tal o cual trastorno y a poder hacer así una consulta precoz, que aumenta las probabilidades de éxito del tratamiento.
En un apéndice, al final de esta obra, se mostrarán algunos de estos cuestionarios de auto-evaluación.

 

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