Trastorno de Pánico: ¿es de origen biológico o psicológico?

Existen diversas teorías sobre el origen del Trastorno de Pánico. Una de las teorías más integrativas, considera que cada aspecto del comportamiento humano tiene una base biológica y que no puede haber una psicología sin cerebro: las neuronas cerebrales controlan circuitos complejos, los que se encargan a su vez, de vigilar dichas funciones. Por consiguiente, ninguna teoría que considere un trastorno psiquiátrico sería completa sin hacer referencia a la química, a la anatomía y al funcionamiento del cerebro. Asimismo, resulta inconcebible negar que el Trastorno de Pánico genere cambios considerables en los patrones del comportamiento y la conducta. Teorías que no integren ambos aspectos pueden considerarse incompletas, y por consiguiente, al asumir una postura amplia o integradora, pierde validez el debate acerca de si el Trastorno de Pánico es un trastorno biológico o psicológico.

Actualmente, un paciente con Trastorno de Pánico puede estar seguro de que recibe un tratamiento de primera elección,  y de probada eficacia, si es tratado con los fármacos adecuados, en conjunción con una Terapia Cognitiva–Comportamental.

En un intento de integrar las teorías biológicas con las comportamentales, se han diferenciado tres componentes del Trastorno de Pánico:

  • la crisis de pánico
  • la ansiedad anticipatoria (miedo al miedo)
  • la agorafobia

Respuesta de alarma, estrés y pánico

Todos los organismos, especialmente los mamíferos, incluídos los seres humanos, reaccionan rápidamente para sobrevivir cuando se sienten amenazados. Se produce una reacción compleja que moviliza todas las reservas y capacidades del organismo, llamada respuesta al estrés agudo, respuesta de alarma o respuesta de  lucha-huída. En el hombre primitivo, esta capacidad de defensa estaba al servicio de la lucha frente a las adversidades naturales, o frente al ataque de los animales, y aún hoy, sigue siendo importante como sistema de protección. Si alguien se encuentra en medio de un incendio o de un asalto, intentará rápidamente movilizar una gran cantidad de energía física para salvar su vida, evaluando la situación y determinando como escapar. Cuando perciba efectivamente la amenaza, más allá de su conciencia, se activarán automáticamente una serie de regiones cerebrales. Estas son responsables de la regulación de las distintas funciones básicas, como la respiración, la circulación, la digestión, la actividad sexual y la metabólica, etc.

En cuanto se percibe una situación estresante o traumática, el cuerpo se moviliza para la acción. Una cadena de eventos en el cuerpo ocurre una vez disparada la respuesta de alarma y diversas glándulas son activadas. Una vez que la adrenalina es segregada y volcada al torrente sanguíneo por las glándulas suprarrenales, el corazón, los pulmones y los músculos se preparan para la emergencia. La adrenalina despierta al cuerpo y lo pone en alerta, preparándolo para la lucha o la huída, el corazón se acelera y late con más fuerza, el azúcar en sangre aumenta, las pupilas se agrandan, las glándulas sudoríparas transpiran, la respiración se acelera, la boca se seca, los músculos se tensan y suelen producirse temblores, la sangre disminuye en el aparato digestivo y aumenta en los miembros y en la cabeza y pueden sentirse mareos. El ritmo respiratorio es más frecuente (hiperventilación) y a pesar de ello, puede haber una sensación de falta de aire. El corazón envía sangre a las porciones del cuerpo necesarias para la acción, como los músculos del tronco y de las extremidades.

Entonces, es comprensible que toda esta reacción de alarma se active o se produzca ante un suceso traumático o amenazante.

Sin embargo, cuando ocurre sin motivo, sin aviso, el cerebro y el resto del cuerpo entran en pánico y se confunden. La citada reacción se produce porque en algunas personas susceptibles, el sistema de alarma del cerebro es  hiperreactivo. La reacción extrema, llamada crisis de pánico, puede dar lugar a síntomas físicos y psicológicos muy violentos en los individuos que están genéticamente predispuestos a padecer estas falsas alarmas. Si bien en la persona que sufre por primera vez un ataque de pánico suele haber antecedentes de algún estrés más o menos inmediato, este es solo uno de los desencadenantes, pero no es la única causa de esta enfermedad.

 Dra. Carolina Quantin

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Por | 2019-03-13T20:40:41+00:00 13 de marzo de 2019|

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